Recorriendo algunas fotos de la vida, vinieron a mi mente, la infancia de mis hijos, y la mía, también. En mi tierra natal, en una pequeña ciudad donde casi todos nos conocíamos, las tardes eran una delicia de juegos y las caras sucias eran moneda corriente. Polvo, bicicletas. Más polvo, pelota de futbol. Más polvo… y jugar hasta estar exhaustos.

Hoy me es posible recrear aquella escena. Es como pintar un cuadro: Un niño con su pelota de trapo y la cara sucia, señal de plena felicidad e inocencia intacta. Los amigos en el potrero (espacio de terreno abandonado pero que los niños acondicionan para jugar al fútbol —uno o dos arcos improvisados con palos atados y los mas lujosos con una red de bolsas de cebolla), los olores de las comidas caseras, el grito del hombre que vende pescado. Ese olor característico que rememora la infancia. El puesto de diario en la esquina y el almacén, lugar donde no sólo se adquirían los comestibles sino también se distribuían las noticias mas jugosas de la comunidad.

Jesús ama a los niños
Cuenta Mateo, el apóstol, en el Evangelio que lleva su firma, que le llevaban niños a Jesús. Él les imponía las manos y oraba por cada uno de ellos. Los recibía con alergia, los escuchaba con atención y los abrazaba con cariño. Pensando en ellos, el Hijo de Dios nos dejó la enseñanza de ser como niños para poder entrar al Reino de los Cielos. Menudo desafío ¡volver a sentir como niño aún siendo hombre! Es algo que me costó asimilar, cuando lo descubrí.

Ser como niños significa poder acudir al Padre celestial con inocencia, con confianza, como también con pureza de corazón. Es dejarse proteger y aceptar que nada podemos hacer para agradarle, más que ser niños en su presencia.

Zacarías profetizó tiempo antes que Jesús se hiciera hombre: “Los niños y las niñas volverán a jugar en las calles de la ciudad” (Zac. 8:5 NVI). Hoy, en el mundo en que vivimos, donde es tan difícil que los pequeños vuelvan a jugar en las calles, parece utópico. Vemos violencia. La calle es un lugar agresivo para la sociedad toda, mas aún para nuestros hijos (¡o nietos!). Sin embargo hay una promesa en que los niños volverán a jugar tranquilos bajo el cuidado del Altísimo. Anhelo ese momento de la eternidad donde podremos bajar la guardia, disfrutar de la vida eterna en plenitud y de adorar a Dios como se lo merece.

Me imagino la escena de mi infancia. Los niños y las niñas jugando en las calles de la ciudad, con las caras sucias de tanto jugar. Yo no sé si el Cielo será como mi pueblo, y si los niños serán como aquellos niños. Pero sí sé que será mi lugar en la eternidad y quiero ver a esos niños, felices, alegres y gozosos por ser parte de un tiempo nuevo.

¿Se puso a pensar alguna vez cómo será ese lugar que el Señor nos tiene preparado?

Para mí, aquel lugar preparado en Gloria, será muy acorde a mis vivencias positivas y alegres de la vida infantil. O de lo que mi mente genera como una imagen inmaculada de mi infancia que la hace más feliz, en el recuerdo, de lo que fue. Porque mi vida antes de Cristo era vacía, oscura, sin luces, sin pelotas de trapo ni alegrías compartidas. Cuando miro a través de los cristales limpios que Jesús me dio, veo la realidad de ser hoy como un niño cara sucia de aquellos de mi pueblo.

“Botija” en Uruguay, “pibe” en Argentina, “crio o chaval” en España, “chavo” en México, “guámbito, chino o pelao” en Colombia, “Chamito o chamo” en Venezuela, “mocoso” en Perú, todos cara sucias por jugar al viento con la tierra, con lo natural. A esos ama el Señor. A esos que, si fueran nuestros hijos, los llevaríamos de un brazo a bañarse y estar impecables para ir a la iglesia todos los domingos. Simples, inocentes, sin dobleces, auténticos, tiernos, solidarios… así deseo poder presentarme ante Dios cada día y ser merecedor de esas callecitas de oro por donde jugar, vivir, soñar y disfrutar la eternidad con Dios.

Pensando en que se acerca el tiempo de repensarnos, quiero que reflexionemos en este tiempo de adviento, de caras a la navidad y posteriormente la Pascua de Jesús, que él siempre nos llama. Nos pide lo más simple de un niño, y nos brinda lo más sofisticado de entender. No perdamos la oportunidad de ponernos a cuenta con el Creador, de compartir nuestra fe en Jesucristo y de ensuciarnos la cara inocentemente, gozando de la presencia de Dios en nuestra vida.

¡Que el Señor te bendiga!

Esteban R. Fernández
Director del Ministerio Latino de Biblica, y presidente del ministerio de capacitación a líderes “Nuestra Fortaleza”.
Por favor escríbeme a esteban.fernandez@biblica.com Será un gusto conocerte.
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