Una de las expresiones más “populares” de nuestro tiempo como iglesia es la adoración a nuestro Dios. Donde muchos confunden adoración con alabanza y alabanza con el tiempo litúrgico que dedicamos en nuestras reuniones a cantar al Señor por lo que Él es, por lo que hace o hizo, y porque nos hace bien cantarle que somos su novia, su cuerpo, su iglesia. Nos encontramos con comentarios como: “¡Hoy la alabanza estuvo encendida!”, “En aquella iglesia sí que saben adorar!”, “La canción que nos enseñó el director de alabanza nos llenó de unción”, y comentarios similares. Como si sólo se tratara de este momento íntimo de una congregación donde expresa con música y cánticos su devoción al Creador. Pero es mucho más que esto, que por supuesto tiene una importancia vital en la comunidad de fe.

Ser adorador es vivir una vida de alabanza. Es saber y vivir que cuando no tengo ganas, no siento la unción, no estoy en el templo, también puedo adorar a mi Señor y seguro Salvador. Lo hago con mis expresiones, con mi forma de hablar, con mi proceder en cada situación. Lo hago dedicando cada minuto de mi vida a Él, no como un sacerdote guardando votos de castidad, sino como una persona que entiende que todo lo que hace debe hacerlo con excelencia como para su Señor.

Los verdaderos adoradores no se forman en la salud y prosperidad, sino en la manera que respondemos ante la prueba. La prueba nos pone de cara la verdad e intensidad de nuestra fe. La Biblia dice que el oro se prueba con fuego, que mide su grado de pureza. Lo mismo hacen las pruebas con nosotros. Cuando pasamos por dificultades, y nos cuesta creer en que Dios está presente en medio de la adversidad, ahí es cuando somos probados como el oro. Ahí es cuando nuestra fe se hace fuerte o se debilita. Para tener fe hay que comenzar por decidir creer. Y la fe crece cuando estudiamos la Palabra de Dios.

Si vamos a la Biblia, fuente de toda sabiduría, cuenta que Jesús le respondía a las personas que «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mateo 4:4 NVI). Y que Pablo le dijo a los romanos que: «…la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo.» (Rom.10:17 NVI). Y no podemos obviar todo el capítulo 11 del libro a los Hebreos donde en el verso 3 se afirma: «Por la fe entendemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de modo que lo visible no provino de lo que se ve».

Y fuimos de la alabanza y adoración congregacional, a abordar la fe de manera particular primero como una decisión, luego como una escucha permanente de lo que Dios quiere que sepamos para llegar al meollo del asunto. Como dice Pablo en Hebreos 11:1 «…la fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve.» Y vivir esa fe es la forma más concreta que tenemos de adorar y alabar a Dios.

Cuando depositamos nuestra fe en Dios, y vienen las pruebas, y nos vapulea la situación, pero nuestra mirada sigue puesta en Jesús, nuestra vida se transforma en adoración por sí misma. No que seamos locos… o un poco, sí. La Biblia dice que nos tratarán de locos. Pero sí que somos hombres y mujeres de fe, de transformación, que transitan vidas con dificultades pero que su forma de entender las pruebas hacen que redunde en adoración a Dios. Cuando veo vidas probadas, que siguen sirviendo con amor y dedicación al Señor y a las personas, puedo ver una vida de adoración plena a Jesucristo. Podemos adorar atendiendo enfermos, cocinando para nuestra familia, visitando a las viudas y asistiéndoles. Pero también lo hacemos cuando manejamos el carro. Cuando vamos por provisiones para nuestra familia. Cuando conversamos con un desconocido en la fila antes de entrar a un cinema. Cuando hacemos nuestros presupuestos y descubrimos que tenemos que pagar algo más de lo pensado. Nuestra actitud muestra la diferencia.

Te invito a que puedas afianzar tu fe en Jesucristo, que te dejes caer en sus brazos y confiar plenamente en su amor eterno. Que tu adoración sea una vida de entrega y fe constante. Que juntos pongamos en perspectiva nuestra manera de vivir, para que cada día sea transformada en adoración constante a nuestro Señor.

Esteban R. Fernández
Presidente de Bíblica América Latina y del ministerio de capacitación a líderes“Nuestra Fortaleza”

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