Hubo hace mucho tiempo un hombre al que Dios le dio una indicación, pero éste creyó que podría hacer algo distinto y no obedeció. Como si fuera un mantra, o una constante en la historia universal del Hombre, una vez más se creyó como un dios e hizo lo que quiso. Y como es de esperar, menuda situación la de Jonás: se lo tragó un gran pez.

Cuando la situación se puso oscura Jonás oró desde dentro del pez que lo tragó. Pero llegar hasta el interior del pez es como tocar fondo frente a un problema de nuestros días. Cuando nos damos cuenta que no hay nada que hacer más que rendirnos al Señor. Como si esa fuera la última opción, en lugar de haberla elegido en primer lugar.

Es la oración de Jonás cuando está en el vientre del gran pez, que dice:

«En mi angustia clamé al Señor,
y él me respondió.
Desde las entrañas del sepulcro pedí auxilio,
y tú escuchaste mi clamor.
3A lo profundo me arrojaste,
al corazón mismo de los mares;
las corrientes me envolvían,
todas tus ondas y tus olas pasaban sobre mí.
4Y pensé: “He sido expulsado
de tu presencia.
¿Cómo volveré a contemplar
tu santo templo?”
5Las aguas me llegaban hasta el cuello,
lo profundo del océano me envolvía;
las algas se me enredaban en la cabeza,
6arrastrándome a los cimientos de las montañas.
Me tragó la tierra, y para siempre
sus cerrojos se cerraron tras de mí.
Pero tú, Señor, Dios mío,
me rescataste de la fosa.
7»Al sentir que se me iba la vida,
me acordé del Señor,
y mi oración llegó hasta ti,
hasta tu santo templo.
8»Los que siguen a ídolos vanos
abandonan el amor de Dios.
9Yo, en cambio, te ofreceré sacrificios
y cánticos de gratitud.
Cumpliré las promesas que te hice.
¡La salvación viene del Señor!»

Jonas 2: 1-9

La verdad es que muchas veces nos encontramos en una condición parecida a la de Jonás, sabemos cuál es el camino que debemos seguir, pero insistimos en tomar otro camino. El camino de nuestros propios pensamientos, el camino que me aleja de lo que yo sé que debo hacer. En ese camino nos encontramos con un alto y debemos sentarnos a reflexionar forzosamente, no hay otra opción, tenemos que parar. Pero seguimos pensando como el cantante español El Kanka cuando dice:

Es lo que hay llámame “fino”.
Si no te gusta cambia de acera.
Que no me asfalten el camino.
Mejor camino a mi manera,
mejor camina tu manera…

O aquella canción “A mi manera” (My way) que Paul Anka popularizó a finales de los años sesenta.

Analicemos la oración de Jonás

No hay otra opción, ¿a quién vamos a acudir sino a Dios? Y lo digo así porque a veces creemos que, al haber tomado el camino contrario por decisión personal, no merecemos acudir a Dios. Pero seamos realistas, debemos acudir a Él para salir del enredo que armamos en nuestras propias vidas. Por eso no importa cuan enredada este tu vida o la mía, cuando llegue el momento de la angustia acude a Dios. ¡Invócalo! Sabes que te oirá desde lo profundo del abismo en que te encuentres. Tan sólo ¡clama a Él!

Dios nos oye siempre. Debes tener claro el punto dos de esta oración: “Tú oíste”, y “Tú escuchaste mi voz”. Así dice Jonás, esta historia nos afirma que no importa la profundidad en la que nos encontremos, desde ahí, Él oye tu voz y la mía. Hoy es el día, llámalo.

La segunda parte de esta oración nos muestra como el Señor permite que caigamos en esos angustiosos abismos para que podamos pensar desde dónde nos rescató. Y que los “¿por qué me pasa esto a mí?”, no invadan nuestra mente y ganen terreno. Entonces, nuestras oraciones cambian: “Cual ciervo jadeante en busca del agua, así te busca, oh Dios, todo mi ser.” Salmo 42.

Este es el proceso humano que nos lleva a tener sed de Dios. Así que no importa la circunstancia en que te encuentres. No importa cómo llegaste ahí, ni por qué. Lo que importa es que ahora tienes sed de Dios. Vuelve tus ojos a Él y entonces dices como Jonás: “He sido expulsado de tu presencia”. Porque nos sentimos desechados, expulsados, pero lo que realmente está pasando es que Dios nos atrae hacia Él. No merecemos que nos mire, porque decidimos estar lejos de Él. Sin embargo, Él nos atrae con cuerdas de amor. Por eso Jonás expresa con seguridad: “¿Cómo volveré a contemplar tu santo templo?”, esa oración es, “en lo profundo de mi sé que veré tu actuar para salvarme de esta también”.

Recordemos que Jonás está dentro del gran pez, no hay esperanza, ¿cómo crees que saldrá de ahí? Así llegamos nosotros a esas circunstancias de la vida que no tienen una salida humana. Es que cuando no hay salida humana, ¡viene el rescate divino! Y ahí vale la pena recordar lo que Isaías proclamó:

¡Voy a hacer algo nuevo!
Ya está sucediendo, ¿no se dan cuenta?
Estoy abriendo un camino en el desierto,
y ríos en lugares desolados. (43:19)

Entonces lo nuevo emerge de lo viejo. Lo que estaba muerto, ahora tiene vida. La esperanza es diferente, se afianza en el centro mismo del corazón de Dios. La vida recobra sentido. Nace un tiempo de valientes que aceptan sus miedos, y que se guardan en la protección del Creador de los cielos y la tierra, guardián de todos los tiempos.

¡Observa cuánto hay para hacer si te traga un gran pez!

Esteban R. Fernández
Director del Ministerio Latino de Biblica, y presidente del ministerio de capacitación a líderes “Nuestra Fortaleza”.

Por favor escríbeme a esteban.fernandez@biblica.com Será un gusto conocerte.

Este artículo apareció por primera vez en el blog de PastorEstebanF. Siéntete libre de difundirlo citando la fuente. Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional.

Leave a Comment