Aun si voy por valles tenebrosos,
no temo peligro alguno
porque tú estás a mi lado;
tu vara de pastor me reconforta.
Salmo 23:4 (NVI)

 

El salmista quizás estaba hablando de estar abrumado por los problemas, la soledad, la desdicha y la desazón por la muerte que se avecinaba. Me suele pasar que, cuando paso por momentos difíciles donde me cuesta mirar la Cruz, veo al Pastor que me sostiene. Sí literalmente, protegido en el hueco de su mano. Y no hablo de un hombre de carne y hueso, sino que hablo del Señor Jesucristo dándome aliento en medio de mi tormenta, y la amenaza que nace de mis pensamientos y propios pecados.

Muchas personas son amantes de la soledad, el encierro y el cero riesgo en la vida. Para mi son incomprensibles porque creo en un Dios todo poderoso que quiere darme una vida llena de desafíos y oportunidades de conocerlo más y mejor. Peor es aún, pensar en la muerte como algo que es malo para uno para mi es algo que no se me cruza. Creo firmemente que temer morir es igual a temer vivir.

Quizás si recordamos la versión más tradicional de este versículo podemos entender que el salmista está hablando de la muerte, y dice:

Aunque pase por valle de sombra de muerte,
No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo;
Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.

El miedo a la muerte es inherente a todos los seres humanos. No sabemos bien que sucede cuando morimos, tenemos escasa información al respecto. Más bien, los que creemos en Jesucristo, tenemos una esperanza, una confianza que aquello que no vemos será. Sabemos que “no morimos, sino que dormimos para despertar en la gloria” como decía C.H. Spurgeon. La muerte no es la casa, es la puerta de entrada a un destino eterno ya preparado por el Creador. No es el destino, ni es la meta. Es el pasaje al cumplimiento de la promesa de Dios.

La muerte es un paso, un trayecto que debemos transitar. Detengámonos en “valle de sombra de muerte”. No es “valle de muerte” es sólo la sombra del valle de muerte. ¿Qué quiere decir esto? Que no somos alcanzados por la muerte, porque ésta fue derrotada, su sustancia fue eliminada y sólo de ella queda su sombra. Jesús hizo eso al morir en la Cruz por mi y por ti, por toda la humanidad. Él es el puente a la vida.

Creo que lo que más me gusta de este precioso Salmo 23, además de entender que la muerte no me hace daño, es la declaración de confianza, que hago como propia, de no temer ningún mal porque Él estará conmigo. ¡No estoy sólo! ¡Tu tampoco lo estás! Mis temores desaparecen. Mis temores a la sombra de la muerte se diluyen por el Señor está a mi lado. Él venció a la muerte.

El cuidado del pastor, de ese que al comienzo del Salmo es evocado como: “El Señor es mi pastor…”, ese mismo pastor es el que me sostiene y con su vara no permite que me llene de temor y pierda el camino. A veces somos cabras, queremos hacer lo que nos place. Pero somos en realidad como ovejas. Necesitamos ese cayado que nos toca para que no salgamos del camino. Nos alienta. Nos ayuda a no temer a lo desconocido.

Esteban R. Fernández
Presidente de Bíblica América Latina y del ministerio de capacitación a líderes“Nuestra Fortaleza”

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