Dice la Biblia: “Unos dan a manos llenas, y reciben más de lo que dan…” (Prov. 11:24a – NVI). Dar no es una virtud que tenga rédito, en lo aparente. Tiene buena fama porque frente a catástrofes como los huracanes que se llevaron ciudades enteras, la gente es generosa y brinda aquello que tiene. Damos unas monedas cuando a la puerta del supermercado nos encontramos con una persona pidiendo para comer. Damos cuando dejé de usar una prenda que alguien necesita. Damos cuando una familia se muda al vecindario con lo puesto. Damos los domingos cuando el plato o la bolsa de la ofrenda pasa frente nuestro. En Buenos Aires, puedes ver en las esquinas de las grandes avenidas, a personas pidiendo en sillas de ruedas, haciendo malabarismo, un lanza llamas humano y un pordiosero urbano. Y damos. Bajamos la ventanilla del auto y dejamos unas monedas en sus manos. Quizás la escena se repite en muchos lados. Sin embargo el ser humano es egoísta.

A veces damos lo que nos sobra. Cuando tenga tiempo haré la visita a… (ponga allí el nombre de quien hace tiempo lo espera). Cuando pueda recogeré mis cosas del garaje para que mi familia tenga más espacio para guardar los carros o las bicicletas. Cuando tenga ganas haré esa llamada a esa persona que me pide dos minutos de mi atención, y que tanto me fastidia. Cuando me organice hornearé un pastel enorme para mi esposo. Cuando llegue temprano a la casa colgaré los cuadros que mi esposa me pidió que cuelgue el mes pasado. Cuando me desocupe jugaré con los niños en el parque haciendo globos de espuma. Cuando me quede de paso visitaré a mis padres (o abuelos) que viven en una casa para ancianos. Sin darnos cuenta, damos mucho pero siempre es lo que nos sobra. En el capítulo 3 de Proverbios, verso 7 dice: “No niegues un favor a quien te lo pida si en tu mano está el otorgarlo”.

Dar y hacer el bien, son como sinónimos o acciones muy parecidas, casi iguales. Si un familiar nos pide que le ayudemos a solucionar algo que tiene que ver con mis habilidades, puedo hacerlo sin pensar. Pero cuando lo que me pide, me cuesta es otra historia para contar. Necesito más aliento que la persona que está en necesidad.

Si pensamos en los dos versos que hoy te cito, hay implícita la acción de dar o hacer el bien. Si das más de lo que te sobra, es decir, si das aquello que te duele dar, recibirás más de lo que diste. Y no que vayamos pensando en dar de más para recibir más. Sino que del sacrificio de dar, de renunciar a lo propio para hacerle bien a otra persona, Dios recompensa. Y más aún, cuando aquello que la persona necesita está al alcance de la mano, ¡hagámoslo!

Ahora, no lo hagamos para que nos miren y nos aplaudan. No. Que nadie sepa que lo hicimos. Que sea un trato entre esa persona, Dios y tú. “Más bien, cuando des a los necesitados, que no se entere tu mano izquierda de lo que hace la derecha, para que tu limosna sea en secreto. Así tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará” (Mateo 6:3-4 NVI.

En tiempos de grandes crisis, como la que estamos viviendo, es bueno saber que podemos dar de lo que tenemos y no nos sobra, a aquellos que están necesitando nuestra ayuda. Pueden ser cosas materiales, puede ser nuestra presencia, nuestro tiempo, nuestra atención y a veces también nuestro silencio.

¡Que Dios te bendiga!

@PastorEstebanF
Director del Ministerio Latino de Biblica, y presidente del ministerio de capacitación a líderes “Nuestra Fortaleza”.

Por favor escríbeme a esteban.fernandez@biblica.com Será un gusto conocerte.

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