Crecimos aprendiendo refranes y dichos populares como “Al que madruga, Dios lo ayuda’, “Dios te da pan y el diablo le da de comer al que no tiene dientes”, “En casa de herrero, cuchillo de palo” y tantos otros. Todos dichos de sabiduría popular que no necesariamente debe ser verdad. Como no lo es aquel que reza: “Una piedra y un palo me pueden herir, pero las palabras nunca me herirán”, frase que quizás fue corregida por el escritor estadounidense Robert Fulghum que dijo: “Palos y piedras pueden quebrar mis huesos pero las palabras nunca me herirán”. Lo cierto es que nuestras palabras son filosas, arma de dos filos, destructivas cual arma letal. Pueden romper una relación, marcar la vida de una persona condenándola para siempre en un juicio a la ligera. Pueden destruir la autoestima de un niño, quebrar los lazos de amor de un matrimonio, de unos amigos entrañables, dividir una congregación, separar al hombre de su Dios.

Algunos psicólogos hablan del poder del “mandato” que tienen las palabras. Aquel “tú nunca serás nadie”; “Jamás te casarás”; “Nunca terminarás un proyecto porque empiezas y no tienes capacidad de culminar ninguna tarea”; “Eres demasiado tonto, simple, creído, etc. etc”. Romper con estas concepciones que nos fueron dichas muchas veces es una tarea ardua, difícil y que necesita de ayuda extra. Mi hogar de origen era una casa con un padre ausente debido al juego y al alcohol, y una madre que trabajaba mucho para compensar la falta de un esposo responsable. Ambos bregaban con la pérdida de un hijo, su primogénito, el hermano que nunca conocí. Como cuento en mi libro “Biografía no autorizada de un líder”, de chico pasé por momentos de des-concierto y baja autoestima, escuchando siempre que éramos “los pobres de la familia”. Yo que no era un santo también provocaba la ira de mi madre que luchaba con su vida, la de su esposo y sus dos hijos vivos, y muchas veces me ligaba el “¡Maldigo el día que te parí!”…

Las palabras hieren, las palabras condenan, las palabras pueden dar muerte… pero también las palabras dan vida. Un padre, una madre, un amigo, tu cónyuge o un compañero de estudio o trabajo puede usar el poder de las palabras para sanarte, para provocarte un bien. De eso habla Jesús en sus bienaventuranzas. En cada una habla bien de alguien que necesita ser restaurado, curado y llevado a un nivel de autoestima saludable. Paso todo el tiempo que puedo con mi nieto Tomás, es el más pequeño y el único nieto varón en medio de varias bellas princesas. Mi intención es la de sembrar en él, como en cada una de las nenas, palabras de bien. Que lo fortalezca como hombre, ese hombre de bien por el cual oramos con mi esposa Patricia, y que algún día será.

Para romper el “mandato” tuve que sufrir tocar el fondo del pozo, y descubrir la luz de Jesucristo, aunque, y a pesar de mis vivencias, no fui un desdichado que rondaba por la vida con su pecar a cuestas. Fui y soy un pecador redimido. Un hombre que entendió el valor de la restauración por medio de la palabra. Cuando no damos esas palabras de bendición, de bien decir a alguien, lo condenamos indirectamente a sufrir las otras palabras.

Esteban R. Fernández
Presidente de Bíblica América Latina y del ministerio de capacitación a líderes“Nuestra Fortaleza”

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Photo: Jason Rosewell

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