La Navidad marca el inicio del proceso de Dios para restaurar nuestra relación con Él, a través de un nuevo pacto. Esto está claro en Génesis cuando por primera vez el Padre promete la venida de su Hijo como plan de salvataje a la humanidad, que ya siendo sólo dos personas había perdido el rumbo. El ser humano esperó miles de años para que se cumpliese la promesa de Dios a través de Jesucristo.

Cuando Adán y Eva pecaron en el Jardín del Edén, el Hombre fue separado de la presencia de Dios. El pecado robó nuestra inocencia y nos hizo impuros. Dado que Él es santo y perfecto, y Dios no puede estar en relación con lo que es impuro. Esta separación le rompió el corazón al Creador porque Él nos ama más de lo que imaginamos. Inmediatamente, formuló un plan para nuestra reconciliación con Él. Desde el comienzo de la existencia de la humanidad, Jesús iba a ser parte de la historia. Sería ese plan perfecto. El puente entre Dios y el Hombre. La unión entre lo divino y lo humano, entre lo puro y lo impuro, entre lo perfecto y lo imperfecto que adquirimos a causa del pecado.

Después de que Dios dio por primera vez la promesa del Salvador, comenzó a revelar la verdad específica sobre el Rey que vendría. Mas de 680 años antes del nacimiento de Jesús, Dios le dijo al profeta Isaías que el Salvador tendría una madre virgen y que sería el mismo Dios en la carne. La precisión es milagrosa. Tanto como que tú y yo estaríamos aquí hoy, leyendo o escribiendo este pensamiento compartido. O el hecho de que Dios eligió un lugar tan insignificante como Belén y un pueblo tan pequeño como el judío para que su Hijo, naciera como hombre y sea el Salvador de la humanidad.

 

Pero de ti, Belén Efrata,
pequeña entre los clanes de Judá,
saldrá el que gobernará a Israel;
sus orígenes se remontan hasta la antigüedad,
hasta tiempos inmemoriales.

Miqueas 5:2 NVI

 

Del lugar más insignificante llegaría el Salvador. Ese Dios con nosotros, que cambió la historia de la humanidad con sólo existir en una realidad tan llena de imperfecciones, dolor, agobio, soledad, tristeza… para traer paz, alivio, amor, eternidad a nuestros corazones. Esa espera es la que los judíos del tiempo de Jesús compartían. Algunos entendieron que la profecía se cumplió en Jesús, otros siguen esperando al Mesías prometido.

Pensar la Navidad es pensar en plan divino que hace siglos se ejecuta a perfección, aún a pesar nuestro. El Adviento es una temporada de espera expectante, activa, esperanzadora que nos debe mover al conocimiento mayor de Jesús y de Dios Padre. Que nos alienta a seguir caminando hacia la Cruz de Jesucristo porque sólo en Él hay plena esperanza de un cambio tan abrupto y radical, que nada tiene sentido si no está Él en nuestras vidas.

No importa si nos sentimos solos, en medio de la oscuridad, y desesperanzados, Dios tiene un plan perfecto para que recuperemos la alegría, la paz, el gozo, las ganas de vivir, de compartir, de proyectar, de disfrutar en plenitud… ¡podemos recuperar el gozo del tiempo del milagro más hermoso de la historia! Imagina la restauración que Dios ya está obrando en tu vida, en la de tu familia, amigos, vecinos, conocidos y en la humanidad entera. La fiesta más grande jamas producida, las bodas del Cordero, será el momento que marcará la concreción de un plan magnífico, que no tiene principio ni fin. Un tiempo de pleno gozo, de plena vida, de pleno amor y mucha alegría. Es esto lo que la Navidad significa, el comienzo de un plan que se viene desarrollando desde la eternidad y hasta la eternidad.

Durante el Adviento, Dios restaura nuestra vista. Comienza con reconocer la oscuridad. Miramos a nuestro alrededor y vemos la oscuridad de la guerra, la violencia y las divisiones en nuestras familias. Miramos dentro de nosotros mismos, y reconocemos la oscuridad de la desesperanza, el orgullo, la soberbia y el miedo. Esa desazón que agobia nuestro corazón y lo entristece. Jesús viene a traernos vida y lo hace en abundancia para que gocemos en Él aquí, y especialmente en la vida venidera.

Te desafío a pensar en estas cosas. En lo pequeño que somos, en el milagro de Dios que se hizo hombre para morir por ti y por mí. En la posibilidad palpable de salir a la luz de Jesucristo y recibir el oportuno socorro que tanto hablan los Evangelios. Este es el tiempo de adviento. Este es el tiempo de creer en el milagro más grande y decirle a Jesús que entre en tu corazón. Yo creo en este Jesús que transforma aún hoy, a mas de dos mil años de su nacimiento. Me moldea. Me abraza. Me hace un nuevo hombre.

En aquel momento Jesús, lleno de alegría por el Espíritu Santo, dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo escondido estas cosas de los sabios e instruidos, se las has revelado a los que son como niños. Sí, Padre, porque esa fue tu buena voluntad. »Mi Padre me ha entregado todas las cosas. Nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, y nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo». Volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, pero no lo vieron; y oír lo que ustedes oyen, pero no lo oyeron». Lucas: 10:21-24 NVI

Que la esperanza de esta temporada no sea efímera por el tiempo de Navidad solamente, sino que se haga una realidad de todos los días, durante toda tu vida.
@PastorEstebanF
Director del Ministerio Latino de Biblica, y presidente del ministerio de capacitación a líderes “Nuestra Fortaleza”.

Por favor escríbeme a esteban.fernandez@biblica.com Será un gusto conocerte.

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