Uno de los amores más grandes que tenemos los seres humanos son los hijos… ¡y ni les cuento los nietos! Patricia y yo somos padres y abuelos. Nuestras nietas y nieto nos llenan de un amor tan profundo e intenso, que es difícil de describir sin que otros piensen que estamos muy… ¿babosos? por ellos. A veces me pongo a pensar en esas familias que se forman con padres e hijos adoptivos ¿tendrán la misma intensidad de amor?

Sin duda, que ese amor tiene algo que el mío no tiene. Es amar como propio a alguien que no es de tu sangre. ¡Y qué bello lo que sucede cuando una mamá y un papá que no pudieron concebir, ahora tienen un hijo a quien cuidar, amar y brindarle una familia! Ver las caras de felicidad y alegría plena de esta nueva familia no tiene precio. Rostros transformados. Vidas cambiadas. Realidades trastocadas por una fuerza increíblemente profunda y potente. ¡No son padres e hijos de segunda! ¡Son padres e hijos adoptivos que se aman!

Así es cuando Dios nos adopta como hijos. “el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: «¡Abba! ¡Padre!»”, según los dichos el apóstol Pablo en Romanos 8:15b.

Cuando nos entregamos a Cristo Dios Padre hace una gran fiesta en nuestro honor. Esto sucede por que hay vidas cambiadas, alegría desbordante, historias que cambian de final. ¡Hay una nueva persona adoptada por Él para gozar la eternidad!

Me gusta cuando en la Biblia se habla de aquellos que somos redimidos por Cristo como co-herederos de él (Romanos 8:17). Es por su gracia que somos hechos hijos: “El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios” (8:16). Nos adopta como propios y nos da ese lugar de inmenso privilegio que es tener herencia de Dios, juntamente con su Hijo. Nosotros pertenecemos al Padre como sus herederos y primordialmente como sus hijos. Él nos amó, nos redimió, nos adoptó y nos hizo herederos por su gracia como mencioné antes.

El sentido de pertenencia eterna que nos da esta revelación, hace que podamos sentir ese amor inconmensurable como algo sumamente extraordinario. Y ganar derechos de hijos, como también obligaciones de hijo. Tener un nuevo apellido. Soy Esteban “Cristiano”. Tu eres “pon tu nombre aquí” y de apellido “Cristiano” y eso nos hace, además de hijos de Dios, hermanos entre nosotros y con Jesús. Nos inserta en un lugar clave de amor y protección, que es la familia que resulta de estas adopciones conjuntamente con millones de personas en el mundo. Es así que, como ocurre muchas veces, cuando te cruzas a una persona que es “Cristiana” sin decir demasiado surge la identificación y la hablarnos descubrimos que somos hijos del mismo Padre y portamos el mismo apellido: “Cristianos”.

Quiero que sigamos pensando en la adopción, ese milagro que sucede en la Tierra cuando legalmente hacemos de nuestra familia a alguien que no tenía una familia. Y pensemos en ese otro milagro mayor, que es ser adoptados por Dios como sus hijos. Ninguno de las dos situaciones debe ser tomada a la ligera. Ambas son actos de amor. El acto de amor humano, sin duda, consecuencia del acto de amor divino. Podemos adoptar porque fuimos adoptados. Amamos porque fuimos amados.

El cambio de perspectiva que un niño tiene en su vida cuando es adoptado y el abandono se transforma en cuidado, seguridad, amor, compañía, contención, socorro, enseñanzas y deja de ser una persona sin el círculo vital de la vida, es tan vasto y radical que todo se trasluce en gozo, risas, abrazos, expresiones de amor indescriptibles. ¿Por qué nos cuesta tanto vivir estas experiencias con Dios?…

Quizás nuestras inseguridades. Quizás no somos totalmente conscientes. Quizás creemos que es la obligación de Dios. Quizás… ¡tantas cosas! Te desafío a que vivas todas esas experiencias indescriptibles de ser adoptado por Dios. Repítete tantas veces sea necesario que eres su hijo o su hija, hasta que te convenzas o hasta que no debas pensar que eres adoptado por Dios, sino que disfrutas de su Presencia en tu vida. Cuando veo a un niño abrazar a sus padres adoptivos, en esos abrazos llenos de amor hay una explosión cósmica de amor. ¡Es todo vigor!… Que podamos disfrutarnos en el abrazo con el Padre y sentirnos seguros en él.

Esteban R. Fernández
Presidente de Bíblica América Latina y del ministerio de capacitación a líderes “Nuestra Fortaleza”.

Por favor escríbeme a esteban.fernandez@biblica.com. Será un gusto conocerte.

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